sábado, 27 de febrero de 2016

El atracón no es un enemigo



Para sanar nuestras compulsiones  es necesario que tomemos  conciencia de lo que nos está pasando, de lo que estamos sintiendo, de lo que estamos pensando.

 Creemos que el atracón es un monstruo, un bicho, un enemigo al que hay que aniquilar. Tarea que resulta una misión imposible. Para sanar nuestras compulsiones  en vez de luchar, forcejear, paralizarnos o huir es importante aprender a mirar al atracón a la cara, aprender a  darle su espacio.  Aprender a  abrazar la compulsión y escuchar qué historia tiene para contarnos, qué mensaje nos viene a traer. Aprender a pedir ayuda cuando no se puede solo.

Irene Celcer, describe de una manera muy clara ese momento tan angustiante, tan temido.

            El atracón es un enemigo peligroso y astuto. Es difícil verlo y, casi siempre, imposible encontrarlo. Pero existe. Vive. Llega de repente. Sorpresivamente, ataca. Dondequiera que aparece hace sentir su presencia aterradora…
           
           El atracón se asemeja a un bicho. Enorme, inmundo y negro; el atracón nos recuerda lo más sucio y lo más desagradable de nosotras mismas. Rebeldía y dolor son nuestras reacciones a sus avances. Pero es una reacción breve. Demasiado pronto somos presa de sus garras, demasiado pronto caemos inconscientes.

            Como un parasito, el atracón se aloja en lo más profundo de nuestro ser. Y allí vive solo y en secreto. En un abismo sin final y sin principio, en un rincón oscuro y húmedo, en un lugar que parece nuestro y a la vez extraño; allí, el atracón crece. Crece y crece. Crece hasta hacerse gigantesco, hasta hacerse insoportable. Y en el medio de la noche, cuando todos duermen y nadie escucha empieza –con fuerza colosal e indomable- a rugir. Con cada rugido, nuestro ser se estremece. La batalla dura poco o mucho tiempo. Como quiera que sea parece que durara siglos. Es una batalla conocida, continua, penosa e intensa. Pero por sobre todas las cosas es una batalla dolorosa.
            
           De pronto, caemos inconscientes y presas del bicho. Lejos – por un rato- de todo dolor y de toda sensación permanecemos sumidas en un estado casi hipnótico.
         
           Durante el asalto somos un pedazo de carne inmune a todo. Metidas en la oscuridad de la noche, solo con la luz de la heladera a medio abrir, las manos ocupadas con comida: comida cruda, comida dulce o salada; comida agria, comida. La boca, nuestro único centro; las manos, parte de un sueño. Rápidas. Mas y mas comida antes de que alguien venga, antes de que nadie se dé cuenta, antes de que la oscuridad empiece a abandonarnos, más y más comida es lo único que importa.
            
           Por un rato estamos unidas al mundo de la Nada. Nada importa. Solamente comer. Y comer es lo que hacemos.

            Después, una somnolencia mortífera invade al monstruo que nos posee. Dolor de estomago, orgullo roto. Culpa. Despertamos. El bicho ya no está.

            La pesadilla se convierte en realidad, nuestra realidad. Cuando salimos del mundo de la Nada y de entre la Comida; cuando “despertarnos” y nos vemos frente a la heladera y sin la inmunidad que nos presta el atracón, entonces … es allí, donde empieza la saga del dolor y de tragedia que tanto conocemos, cuanto tanto repetimos: culpa, dolor, orgullo roto.

            Se respira un halo de desastre una vez que el bicho se retira; una vez que estamos solas nuevamente, frente a nosotras mismas
.

Relato, sin duda, desgarrador de su experiencia, la experiencia de muchos.  ¿La historia siempre se repite? Para empezar a escribir un final diferente necesitamos darnos cuenta que  El atracón no es un bicho. No es tampoco un monstruo. Es parte de nosotras. Es una parte que debemos abrazar, una parte sola y solitaria; una parte que necesita de nuestra compresión para no aparecer en medio de la noche, como una asaltante.

María Fernanda Blanco
Psicóloga
Trastornos de la alimentación y obesidad
Enfoque Mindfulness y Psicología de la Compasión

Contacto:
156.787.0730


Fuente: Celser Irene,  La Tirania de las dietas.1994. Editorial Planeta, pag 35-37