Un hábito es
toda conducta reiterada y conocida, que se vuelve frecuente para nosotros. Es
esa conducta que realizás y realizaste muchas veces en busca de una resolución,
alivio o placer instantáneo, haciendo algo o no haciéndolo.
Están los llamados buenos
hábitos, aquellos que te hacen más eficiente en el día a día y que no
querés cambiar, como bañarte, preparar el desayuno de la familia, tu forma de
manejar el auto, preferir el agua como bebida del día, entre tantísimos buenos
hábitos, y los malos hábitos, esos que alguna vez te
sirvieron para calmar o darte alivio sobre alguna situación (por ejemplo:
picotear galletitas a deshoras, comer de más, no hacer ejercicio físico, etc.)
pero que hoy ya no coinciden con tus metas, con tu mirada a largo plazo de
quien querés ser. Eso que querés cambiar.
La mayoría de las veces, los
hábitos se aprenden en la infancia, que una vez que se ha repetido lo
suficiente, es una
conducta que queda reforzada, que en nuestro cerebro es una red de
neuronas fuertemente establecida: el circuito mental o la red neuronal de ese
hábito.
En los últimos años numerosas
investigaciones demuestran que el cerebro no es un órgano estático,
sino que cuenta con la asombrosa función de la neuroplasticidad.
Este es el
conocimiento científico que provee el eje central de la práctica de mindfulness.
Lo poderoso de la neuroplasticidad es que te da una
herramienta para recablear tu cerebro, es decir, para cambiar.
La experiencia cambia el cerebro
La experiencia cambia el cerebro
Si repetidas veces te
involucraste en los mismos comportamientos (por ejemplo elegir tomar gaseosa,
picotear, no hacer actividad física), tu cerebro va a designar a esta acción
como preferida, sin importarle los efectos que tenga en vos o en tu vida
futura. Es decir, las acciones o inacciones que hacés hoy (donde dirigís tu
atención) tiene un efecto sobre la plasticidad de tu cerebro y sobre cómo vas a
responder a diferentes estímulos en un futuro cercano.
Se necesita de un fuerte
compromiso, trabajo, disciplina y dedicación sobre eso que querés cambiar.
Porque si bien es posible, habilitar la opción de lo nuevo necesariamente lleva
un trabajo intenso.
Esto se logra renovando tus
intenciones de elegir a qué prestarle atención, y el poder de observar tus
impulsos, pensamientos, emociones y acciones automáticas… y dejarlas pasar, sin
engancharte con todo lo que ofrece tu mente.
En resumen: una vez que decidiste prestarle atención a algo nuevo, tenés
que darle tiempo de práctica, repetir la conducta, repetirla, repetirla con
paciencia, para que se establezca como “la opción”.
La práctica de mindfulness
enseña que el cambio requiere conocimiento, y el conocimiento sólo se inicia
cuando nos detenemos (práctica contemplativa del momento presente) y centramos
toda nuestra atención en lo que ocurre frente a nosotros.
1. Agradece que
puedas comer.
2. Comer despacio.
3. Con moderación y 3 comidas al día: la porción es el plato.
4. No prohibir grupos de alimentos.
5. Que abunden los vegetales en tu plato.
6. Hacer pausas para registrar el nivel de hambre y saciedad.
7. Comer es un placer.
8. Mente que no ve, mente que no se entera.
9. Hacer ejercicio físico es clave para estar saludable.
10. Escribe tu declaración de intenciones como principal
estrategia.



